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El biólogo que descubrió ruidos entre la naturaleza

Actualizado: 22 abr 2020

Por Cesar Ocegueda.

Las personas ciegas o de baja visión se pueden imaginar todo lo que no conocen de diferentes formas. Los que tuvieron este sentido, al menos, durante los primeros años de vida, construyen imágenes a través de las texturas que tocaron y los colores que alguna vez observaron, mientras que aquellos que nacieron con discapacidad visual, las relacionan con la música o con figuras apoyados por personas de su mismo círculo visual.

José Luis Ramos Algaba, es un caso especial: nació ciego por cataratas, pero a los cinco años recuperó la vista en un once por ciento después de una cirugía láser junto con su hermana Lupita, quien veía un poco más — nosotros hacemos imágenes con el cerebro y se componen de diferentes archivos: auditivo, visual, emocional y de conocimiento— explica el joven de 35 años.

Cuando escuchaba caricaturas y películas en su infancia, se imaginaba a un león como un rugido. Un sonido potente y agudo que le deja una sensación de peligro a pesar de ser auxiliar en el departamento educativo del Zoológico Guadalajara.

La función principal de José Luis es coordinar la capacitación en el desarrollo de programas de educación ambiental, como el campamento del agua dirigido a las niñas y niños de sexto de primaria de comunidades rurales, creado por él. También diseña conferencias y talleres desde preescolar hasta universidad.



José Luis es biólogo por el Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA) de la Universidad de Guadalajara (UDG). Aunque Llegó a reprobar algunas materias, debido a que algunos maestros no entendían su forma de trabajo, logró titularse.

— La mayoría de los profesores no tenían la formación para poder evaluarme, y algunos la capacidad de trabajar conmigo. Además elegí una carrera difícil porque visualmente es muy demandante — al no tener métodos diseñados por el resto de docentes, José Luis admite que quedó con algunas lagunas de conocimiento.

Cuando recién inició en el zoológico muchos pensaron que era un espacio peligroso para él, sin embargo, con el paso del tiempo se convirtió en guía de varias áreas que conforman el parque, como la guarida marina, el centro interactivo, el cual, simulaba un árbol y su interior, donde un pájaro carpintero enseñaba cosas sobre la naturaleza.

También estuvo en la Central de Investigación Animal (CIA) un lugar techado con muchas salas, donde tienen diferentes mecanismos y tecnología de punta para explicar las similitudes que hay entre el ser humano y otros animales.

Antes de entrar a trabajar al zoológico, José Luis, tenía mucha experiencia con los animales, ya que cuando era estudiante de la escuela para personas con discapacidad visual, Helen Keller, colaboraba en una granja donde se encargaba de limpiar los corrales hasta elaborar compostas.

— Recortaba algunos árboles y hacía composta. Bueno, una composta más equivocada que otra cosa, pero al fin la composta con los residuos de boletos de papel de los camiones urbanos —.

Del teatro al zoológico

Pero su deseo por ser biólogo lo descubrió en quinto semestre de preparatoria, cuando participó en la obra de teatro “Personas dignas como tú y yo”. Entre el público estaba Araceli Aguerrebere, quien trabajaba con el grupo de dirección del colegio Helen Keller, así como María Eugenia Martínez Arizmendi, jefa del departamento educativo del zoológico.

— ¡Tengo trabajo para él! … ¡Mándenlo! Que haga entrevista, y vemos si se puede quedar a trabajar o no — le dijo a la profesora.

— Nunca me imaginé trabajar en el zoológico; es más, ni siquiera sabía dónde quedaba la primera vez que fui a entrevista — recuerda entre carcajadas José Luis.

Ahí se interesó por el Programa de Educación Ambiental, sin embargo, enfrentó varias dificultades, como la discriminación del personal de recursos humanos, quien le decía que sólo podría representar un riesgo para la empresa.

Pero después de doce años de trabajar ahí, los logros de José Luis son evidentes: el diseño de programas de capacitación, talleres para el manejo de grupos con discapacidad y en el equipo de campamentos nocturnos.

Un día, mientras guiaba en el zoológico a un grupo de niños de la casa hogar, entre el grupo se encontraba un doctor, quien maravillado con las explicaciones de José Luis, le dijo que podía ser candidato a un lente intraocular.

— Me comentó que tenía un amigo en el Hospital Puerta de Hierro y que si me gustaría ir a una consulta. Yo le comenté que sí — recuerda con ilusión.

Ahí le explicaron de qué manera le podían implantar el aparato, pero para evitar que todo fuera a la ligera, le hicieron más revisiones y estudios médicos.

La operación la realizó en doctor Arturo Santos García, Director General del Centro de Retina Médica y Quirúrgica, y Presidente de la Fundación Mexicana de Retina y del Colegio de Especialistas en Retina Médica y Quirúrgica del Estado de Jalisco, acompañado de un equipo grande de anestesiólogos, enfermeras, cirujanos, oftalmólogos, etcétera.

Primero comenzaron con una limpieza que se llama vitrectomía, donde se tratan los problemas de la retina que producen una visión deficiente. Al hacerlo, se les desprendió y tuvieron que repararla. Sin embargo, consiguieron poner el lente en los ojos, reemplazando los de contacto que sólo le daban un 29 por ciento de visión.

Después de dos meses de reposo, inició la maestría en educación y gestión de Conocimiento en la Universidad Jesuita de Guadalajara (ITESO) y se gradúa en 2017.

Su historia en la Helen Keller

En agosto de 1991, José Luis y su hermana mayor, Lupita, comenzaron a estudiar en el colegio Helen Keller, una escuela que actualmente tiene 33 años de servir a la población. En aquella época, se ubicaba en la calle Pompeya, entre Rubén Darío y Terranova en la colonia providencia de Guadalajara.

El 14 de agosto de 1986, un grupo de cinco profesores crearon la escuela Helen Keller para dar atención mixta a personas con discapacidad visual en el estado de Jalisco, ya que en esa época sólo existían dos centros educativos divididos por género: El Instituto de Capacitación para el Niño Ciego y Sordo A.C. y la Escuela para Niñas Ciegas de Guadalajara.

Aunque el proyecto sólo era una idea, en 1987, reforzaron el concepto con valores como aceptación, responsabilidad, independencia y dignidad. Un año después, Iniciaron con 15 niños inscritos distribuidos en cuatro salones, ubicados en Avenida de la Presa, atrás del Parque Ávila Camacho en Guadalajara Jalisco.

— Compartimos la secundaria por las tardes. Llegamos a sacudir y sacar ratas de ahí, pero la arreglamos para nuestros niños. Eran más maestros. Entonces nos peleábamos por tenerlos— relata la maestra Irma y una de las fundadoras.

En 1989, El sacerdote Pedro Castro prestó el anexo del Templo de San Bernardo, ubicado en la avenida Plan de San Luis. Ese lugar que servía para las clases de catecismo, lo acondicionaron para la atención a bebés, el servicio de comedor y taller de música, además de las clases curriculares, pero tres años después el espacio ya era insuficiente.

En esa época José Luis y su hermana comenzaron sus estudios y se mudan junto con todos los alumnos y profesores a la casa de Pompeya — recuerdo que clase de música teníamos dos veces por semana, educación física una o dos— dice con nostalgia el joven biólogo.

Además de las clases, los niños hacían actividades culturales como parte de los talleres que se tomaban. José Luis siempre recuerda el deporte, porque participó con sus compañeros en diversos estados de la república como Nuevo León, Durango y Guanajuato, mientras que en el teatro tenía muchas habilidades de interpretación y de manejo de la situación.

Aunque su vida como estudiante en Helen Keller tuvo muchos altibajos en los primeros años, debido a que faltaba constantemente por las citas médicas, siempre fue un alumno proactivo, participativo y cordial con sus compañeros.

Una nueva etapa

Al terminar la primaria, el siguiente reto para José Luis y su familia fue encontrar una secundaria capaz de integrar a una persona con discapacidad visual, pero no fue fácil — en una no estaban preparados y en la otra me dijeron que no tenían maestros especiales, que buscara otra secundaria porque ellos no podían — recuerda Rosario Algaba, madre del joven.

Con apoyo de Emilia Camarena, directora del Colegio Helen Keller durante nueve años, encontraron una escuela pública llamada José Mariano Jiménez, ubicada en Calle Mariano Jiménez No. 422, Colonia La Perla en Guadalajara Jalisco — denme la oportunidad de saber que sí se puede— repetía Emilia para convencer a los directivos que ponían pretextos para no dejarlo entrar a su hijo.

Nada era como en el colegio Helen Keller donde no había preocupaciones, una especie de burbuja que los alumnos deben aprender a romper cuando salen de ese espacio educativo para enfrentar el mundo normovisual, así lo explica María de Jesús Hernández García, intendente y madre de dos estudiantes.

— ¡Que la niña o el niño no se caiga! ¡Quítale ese bote porque va a pasar! pero al salir de la escuela es tropezar y caer. Si el mundo es cruel para los que ven, imagínate para alguien con una discapacidad— lamenta la señora.

Pero José Luis asegura que la integración en la secundaria fue buena. Aunque había profesores que no entendían, otros se adaptaron muy bien. Incluso, le pedían entregas de trabajo de manera oral.

Antes deseaba estudiar para abogado, ser maestro de primaria o quizás psicólogo. Al final eligió ser biólogo porque la naturaleza siempre le ha llamado la atención, además de ser originario de Mezcala de la Asunción en Poncitlán, un pequeño pueblo de la Ribera de Chapala, en Jalisco.

Cuando entró a la Escuela Preparatoria de Jalisco, en el centro de Guadalajara, a José Luis le asignaron una maestra que le leía el examen de admisión. Encontró más posibilidades que obstáculos. Entendía que algunos profesores tenían miedos, y en vez de exigir que se adaptaran a él, les proponía opciones para la evaluación. Él seguía escribiendo en braille sus clases, pero los maestros estaban más tranquilos con las ideas recibidas.

A los 18 años, tras la consulta con un especialista fue candidato a lentes de contacto. Los utilizó durante 11 años y le dieron un 29 por ciento visual, lo cual, le permitía ver a casi cuatro metros de distancia.

Sin embargo, los desplazamientos eran un problema ya que el bastón, sólo funciona para un rango de un metro y medio de distancia. Caminar entre las calles, tomar un camión o leer letreros era un reto cotidiano.

Pero en el zoológico era todo lo contrario. Sus encargados le mostraban poco a poco las áreas, y con el tiempo aprendió a ubicar puntos de referencia para poder moverse por ellas de forma independiente.

El inicio de la inclusión

José Luis ha sido uno de los ex alumnos más destacados de la escuela mixta para el desarrollo integral del invidente Helen Keller A.C, un espacio educativo que además de admitir a niños con discapacidad visual (ceguera y baja visión) y discapacidad intelectual, quienes toman clases en el salón de retos múltiples acompañados por sus padres algunos días a la semana.

Juan Medina, profesor en la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), explica que el braille es un lenguaje sencillo y se puede aprender en dos horas si la persona tiene interés, en el caso de los alumnos del colegio Helen Keller, lo practican desde preescolar, sin embargo, en la primaria lo sustituyen por la lap-top.

Hace 17 años, como un acto de servicio a la comunidad, los señores Tonatiuh Zárate y Ernesto Díaz Márquez donaron un terreno en San Agustín, Tlajomulco de Zúñiga, la actual sede del colegio Helen Keller.

Considerado como uno de los municipios más violentos de Jalisco, las calles que conforman Tlajomulco no siempre están en buenas condiciones, hay zonas despobladas, y aunque ya abrieron nuevas rutas de transporte público a finales de enero, para los habitantes es aún una travesía desplazarse hacia Guadalajara o Zapopan.

Por eso el colegio Helen Keller es un oasis en el desierto ya que ofrece la oportunidad de recibir educación integral y de calidad a nivel preescolar y primaria, además de impartir talleres de danza, deportes, música y computación. Se hacen estudios socioeconómicos y a algunos con escasos recursos dan becas.

- Los niños van a tener la posibilidad de incorporarse a las escuelas regulares más adelante con herramientas. Cuentan con programas, material y personal especializado-, dice convencido José Luis, quien aprendió a mirar al mundo en ese espacio educativo desde otras formas.

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