La necesidad supera a la cuarentena
- Cesar Ocegueda
- 10 abr 2020
- 2 Min. de lectura
Por César Ocegueda Hernández
En el Platanar, una comunidad rural del municipio de Zapotlán del Rey, en el estado de Jalisco, cumplir la cuarentena para evitar contagios de coronavirus no es posible entre sus habitantes: Agricultores, ganaderos y comerciantes siguen trabajando para poder subsistir. Labran la tierra, cuidan animales y ofrecen servicios a los pocos clientes que tienen.
Al diez para las tres, decidí salir con mi hermana de ocho años, Vanessa, por un kilo de cebollas y un cuarto de alcohol. Más adelante, se une a nuestra misión, mi primo Balám. Al cruzar el patio, descubro que estamos en un rancho pequeño: a la derecha hay guayabos, limoneros y otros árboles, fosas tapadas con cemento blanco y cuadrado. Escucho a lo lejos, el motor de dos camionetas pickup.
Más adelante, del lado izquierdo, hay corrales. Pasamos un tope de graba, la misma que sirvió para construir el portón de alambre de una casa que ahora se encuentra abierto. Nos encontramos con una calle empedrada, con charcos de la lluvia del día anterior, así que todo será tranquilidad hasta que pase una camioneta y se atore en este lugar.
A parece una casa de dos pisos, la de doña Emilia, quien vende huevos frescos, después la quesería y después una barda grande que pertenece a un taller de textiles. Una subida hacia la izquierda nos lleva a la calle Héctor Mejía: el camino principal de las cinco cuadras, sin embargo, el pavimento inicia hasta López Mateos.
En cada lado hay más casas y comercios como la cremería. Aunque circulan sólo un par de camionetas, la tranquilidad es tanta que se escucha a los pájaros cantar. Después de Donato Guerra, sigue Morelos donde daremos vuelta a la izquierda. Nos vamos en línea recta, y el caserío en ambas banquetas. En la esquina, hay que girar a la derecha para caminar hasta la tienda de Lalo que queda a un lado, mientras que la papelería está cerrada.
Por fin llegamos a la recaudería de fachada naranja. Después de subir dos escalones para entrar, aparecen las vitrinas de fruta, verdura, así como estantes con aceites, frijoles, y otros artículos de primera necesidad, como jabón, papel higiénico o pasta de dientes.
En el mostrador hay varias cosas: rollos de bolsas, una botella de plástico grande de chiles, salsa Valentina para las papas, botes con chicles, paletas, tamarindos, dulces y una canasta de pan. Este espacio es gobernado por Eduardo de la Cruz Ledesma, mejor conocido como “Lalo”, dueño de la tienda.
Un señor casi alto, de algunos 1.72 CM, con la cabeza agachada. Su pelo es corto, casi arrapa. Tiene un sombrero blanco, camisa blanca de botones y pantalón de mezclilla. Hoy no usa barba ni bigote. Lo sé porque antes de ingresar, los niños me describieron gentilmente al hombre. No hay alcohol, pero sí cebollas. El kilo cuesta doce pesos.
— ¿Con rabo o sin rabo?, me pregunta Lalo.
Mientras despacha, me dice que tiene la impresión de que trabaja mucho más en esta cuarentena: clientes que van de compras dos, cinco o seis veces al día. Quieren alcohol, cubre bocas, artículos de limpieza personal y para el hogar, así como frijol, aceite o arroz. — Tienen miedo de que todo se acabe — dice con voz ronca.

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