Sobrevivir en cuarentena con dos cocos al día
- Medio 43

- 11 abr 2020
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Después de colocarse el sombrero de paja, Don Carlos, de 96 años, se dirige al patio para afilar sus cuchillos. Al terminar, se va a la cochera.
Carga las cajas de cocos que están debajo del mueble de madera y los coloca en la carretilla, su medio de transporte y también su negocio ambulante. Mientras se despide de su hija y sus nietas, escucha a lo lejos las recomendaciones del noticiero: “¡Hay que quedarse en casa para evitar contagiarse del COVID-19!”.

Pero por más letal que esta pandemia pueda ser con las personas de la tercera edad, Don Carlos, no estará en cuarentena porque tiene que vender cocos en la calle para poder comer él y su familia, así que le quita el freno de mano y sujeta con fuerza la carretilla. Camina bajo el sol y con unos cuantos kilos de peso entre las manos. Desde hace 46 años, en este trayecto siempre anhela lo mismo: no ser arrollado por un conductor distraído.
Al llegar a la esquina, saluda al señor que lava los carros de una oficina cercana. Don Carlos, le pregunta por su hija, quien tiene una enfermedad “extraña”. Al terminar el dialogo, estaciona la carretilla, coloca una tabla y saca un bote de plástico que utiliza como asiento, mientras los clientes llegan.
Después de dos horas, llega el primer comprador: un joven que pide el coco completo y paga 50 pesos. Don Carlos, se vuelve a sentar. Mira el flujo de la glorieta que queda enfrente. Se ilusiona porque ve a su clienta, una señora que mientras saca a su perro se refresca con agua de coco, sin embargo, en esta ocasión no lo hizo.
Esa zona en la que siempre se ven oficinistas o señoras haciendo ejercicio hoy no hay nadie en el parque, ni en la farmacia, ni en la tienda de autoservicio. Son casi las cinco de la tarde, y ante la falta de clientes, Don Carlos, aprovecha la sombra del árbol que da en su bote para comer.
El carrito de la fruta se va. Y la calle se ve mucho más vacía. Una hora después, llega doña Carmen, la segunda clienta de Don Carlos.
-¿Por qué no está en casa?, le pregunta la mujer.
-¡No se exponga!, respondió ella misma.
El sol está a punto de ocultarse. Don Carlos aprovecha para acomodar los cocos que no se vendieron, así como el desperdicio. Guarda sus cuchillos y su bote de plástico, quita el freno y toma la carretilla en dirección a su casa.
En la oscuridad, con los pies cansados y un poco de dolor en la garganta, llega a su hogar. Silba para que su nieta, la más grande, salga ayudarlo. Su hija lo recibe con un vaso de leche y una concha de pan. El hombre saca su cartera, y le da dos billetes de 50 pesos para comprar la comida del día siguiente.


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