ESCUELA A OSCURAS
- Medio 43

- 16 abr 2020
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Actualizado: 16 abr 2020

Por Carlos Vázquez Gutiérrez
César y Guillermo han aprendido a descubrir la escuela en la que estudian a través del sentido del tacto y del oído. Se desplazan de un edificio a otro mientras sujetan su bastón. Si el trayecto requiere de hacer algún malabarismo para librar un obstáculo, piden a algún compañero que los guíe.
Por distintos padecimientos perdieron la vista en su totalidad. Ambos estudian Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la Universidad del Valle de Atemajac en Guadalajara, Jalisco. Ninguno puede mirar lo que el profesor escribe en el pizarrón, ni saber cómo es el rostro de sus compañeros, pero la voz de cada uno, la reconocen de inmediato.
Cesar, un apasionado del audio
La cita es a las seis de la tarde, en las mesas con sombrilla en uno de los patios de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA). César está allí, puntual, esperando bajo la sombra de los árboles. Va vestido impoluto con su pantalón azul marino y su camisa fajada del uniforme. Siempre lleva zapatos negros formales. Su voz es cálida y amable cuando saluda. La entrevista se llevará a cabo en uno de los salones de la biblioteca de la escuela, entonces recoge su mochila, su guitarra y desdobla su bastón, una vara metálica especial para personas con discapacidad visual.
César Ocegueda tiene veinte años. Cuando nació, fue diagnosticado con glaucoma congénito de ángulo cerrado, una enfermedad ocular que ocurre cuando la salida del líquido en el ojo es obstruida. Debido a esto, la presión intraocular aumenta, el ojo no se puede drenar y el líquido ocasiona que el ángulo donde se cruza el iris y la córnea se estreche.
Antes veía colores y “bultos como detrás de un cristal”, pero a los siete años tuvo una infección en el ojo izquierdo. Lo operaron y ahora tiene una prótesis. César recuerda ese día como el más triste de su vida. Con el ojo derecho sólo ve luces y sombras: “para algunos es ceguera parcial, pero para mí es más práctico decir que es ceguera total”, explica.
Sus clases en la UNIVA, plantel Guadalajara, son por las tardes. En las mañanas trabaja en la biblioteca de la misma institución, en un área llamada tifloteca, un espacio donde se procura el acceso a la tecnología y la información a usuarios con discapacidad visual. También se encarga de las impresiones en braille y de dar clases de computación para personas con discapacidad visual.
—También hacemos tertulias, que son como pláticas de algún tema en específico, dejamos de tarea que investiguen sobre lo que vamos a hablar y así todos tenemos algo que aportar durante algunas horas— comenta.
Al escuchar el ruido del equipo de grabación que ocuparé para entrevistarlo, César muestra interés. Por un momento, los papeles se invierten y el que interroga es él. Quiere saber detalles, técnicas y costos de grabación. Sus manos suaves y delicadas se encienden por la curiosidad: comienza a tocar los micrófonos, la interfaz de audio donde se conectan, las bases, las mallas anti pop. Sus dedos van y vienen por toda la mesa mientras pregunta las especificaciones del equipo.
Cuenta que el día más feliz de su vida ha sido cuando, a sus 9 años, lo llevaron a conocer un estudio de grabación real, aunque en esa visita no le permitieron tocar esos aparatos. En ese entonces él era miembro de un coro y ese día iban a grabar un disco de villancicos.
—Para mí era nuevo eso de recibir información desde la cabina del operador de consolas […] quizá de esa experiencia nació mi deseo de estudiar ingeniería en audio— no ha cumplido ese sueño porque es una carrera que requiere una fuerte inversión económica —la inscripción en algunas escuelas es de doce mil pesos y la mensualidad de seis mil— dice resignado.

César estudió desde preescolar hasta sexto de primaria en la Escuela Helen Keller, ubicada en el municipio de Tlajomulco, Jalisco. Ahí aprendió a escribir braille y computación. Una de las misiones de ese instituto es que los egresados puedan continuar sus estudios en escuelas regulares e integrarse a la sociedad —muchos dicen para que nos incluyan, pero yo digo que también estamos para lo que se les ofrezca […] si no sería cargarles la mano— reflexiona.
Estudió la preparatoria también en la UNIVA y mantuvo un promedio que le permitió obtener una beca del cien por ciento. Hoy en día, ser empleado en la universidad en la que estudia le permite obtener un descuento en las mensualidades de su carrera. Un tema para tratar es su experiencia asistiendo a una escuela regular y si esta resulta un lugar inclusivo.
—¿Las instalaciones son apropiadas para ti? le pregunto.
—Las que yo he pisado sí. A lo mejor faltan algunos letreros en braille en cada edificio, pero son cosas que hablando se pueden solucionar.
—¿Cómo trabajas con los maestros?
— No es que llegues y les digas luego-luego “yo trabajo así y asá”, más bien, con el tiempo, se va descubriendo una manera. Se pueden hacer recomendaciones, pero no exigir.
Inclusión educativa
María del Socorro Mendoza, profesora de Investigación Cuantitativa, en la UNIVA, dice que en las dos décadas que tiene como docente, durante el cuatrimestre de enero-abril 2020, fue la primera vez que tuvo dos alumnos con discapacidad visual. No recibió ninguna capacitación previa, pero tuvo el interés personal de acercarse a los colegas que la han antecedido para investigar cómo trabajan con ellos.
—¿Cómo amolda su clase para incluir a compañeros con discapacidad visual? le insisto.
—La única dificultad es cuando se requiere analizar videos o películas, pero en la parte conceptual o de lectura los alumnos no tienen problema. Procuro acercarme y preguntarles cómo van, qué entendieron y qué no.
A la maestra Socorro le gusta la idea de que los alumnos con discapacidad visual sean incorporados a un grupo regular para que se desarrollen todos a la par. En su opinión esto les ayuda a sobresalir, a no rezagarse y a vivir nuevas experiencias. “Es una fortaleza para ellos y un reto para nosotros los maestros”, concluye.
En su opinión, lo que se necesita para que la universidad se vuelva más inclusiva es que a los alumnos discapacitados se les haga sentir seguros sin llegar a sobreprotegerlos. Se tiene que respetar su autonomía y ayudarlos a dar lo mejor de sí mismos. “Hay que tratarlos como a un compañero más”, dice.
Guillermo, un aventurero
El primer obstáculo al salir de su casa es la camioneta pick-up de su vecino. Este suele estacionarla mal e invade la banqueta. Guillermo ya lo sabe, entonces para evitar chocar con ella se cruza a la acera de enfrente. Con la ayuda de su bastón para invidentes recorre trece cuadras desde su departamento hasta la escuela.
Guillermo Méndez, tiene 33 años. Es un hombre de mediana estatura que usa el cabello corto. Padece una enfermedad congénita llamada acromatopsia, misma que impide la distinción de los colores en distintos grados y que provoca un déficit en la visión. La acromatopsia se considera no progresiva, pero en el caso de Guillermo no fue así.
—Nací con un treinta o cuarenta por ciento de visión, pero con los años perdí la vista […] — comenta.
A pesar de que su rango de visión era reducido, podía asistir a una escuela normo visual como cualquier otro niño. Era capaz de ver las letras y jugar al balón. Estaba en cuarto de primaria cuando sus padres supieron sobre la Escuela Hellen Keller, donde brindan atención a débiles visuales. Guillermo, al enterarse de que ahí había talleres artísticos y que enseñaban computación, la escritura en braille y el uso del bastón blanco, aceptó continuar su educación básica en esa primaria.
Los doctores le decían que nunca perdería por completo la vista, pero esto no resultó cierto. Su capacidad visual se fue reduciendo hasta quedar completamente ciego. Este cambio se en su vida ocurrió de forma gradual, a lo largo de muchos años, por lo que Guillermo pudo irse adaptando poco a poco.

Desde el año 2008, trabaja en la Secretaría de Educación Pública, como auxiliar administrativo. Para poder ser candidato a un mejor puesto de trabajo decidió entrar a estudiar Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UNIVA, plantel Guadalajara.
Guillermo había visto pasar un par de oportunidades de ascender debido a que es necesario que contar con un título profesional. Por eso decidió regresar a la escuela a sus treinta años. Revisó la oferta académica de distintas universidades y se decidió por donde estudia porque tiene horarios nocturnos, ideales para personas que trabajan.
Para él, los retos no son ajenos. En el año 2012, cuando tenía veinticinco años, decidió irse a vivir solo, aunque sus padres no estaban de acuerdo. Ellos creían que la discapacidad visual de su hijo iba a complicarle las cosas, que tener una casa propia y todas las obligaciones que conlleva le ocasionaría problemas a Guillermo. Le sugirieron que desistiera, pero él tenía deseos de experimentar la vida independiente.
Como todo joven ansiaba la aventura. Entonces tramitó una tarjeta de crédito y compró un refrigerador, una lavadora y una parrilla. Aunque le fue duro despertar y no tener el desayuno hecho o quién le lavara la ropa, Guillermo no se arrepiente de haber tomado esa decisión. Sigue teniendo un departamento propio y va al supermercado, hace las compras, y se prepara su desayuno todas las mañanas.
Algunas complicaciones que enfrenta Guillermo cuando va al trabajo o a la escuela son: tropezar con bolsas de basura que sus vecinos dejan en la calle, golpearse con ramas de árboles demasiado bajas, caminar por banquetas en mal estado o destruidas, e incluso, alcantarillas abiertas.
Guillermo no recuerda la fecha exacta, pero cuenta que hace algunos años, mientras caminaba por la calle junto a su novia, una muchacha también invidente, cayeron a una alcantarilla que estaba abierta. Su bastón había dejado de tocar el suelo, pero él se imaginó que se trataba de un escalón cualquiera, entonces siguió avanzando y cayó a una profundidad de dos metros por el sumidero, arrastrando consigo a su pareja.
En un primer momento nadie los auxilió, fue hasta que Guillermo se encontraba casi afuera del hoyo cuando una persona se acercó y los ayudó pidiendo una ambulancia. Pensaron en poner una demanda, pero abdicaron al considerar lo engorroso que puede llegar a ser el trámite. Afortunadamente no pasó a mayores, sólo algunos golpes y raspones.
Un artículo llamado ¿Tu ciudad es accesible para las personas con discapacidad?, publicado en el sitio web oficial del Consejo Nacional para el Desarrollo y la Inclusión de las Personas con Discapacidad, estipula que una ciudad accesible para personas con discapacidad visual necesita de semáforos con señalamiento sonoro; pavimento duro y estable; rejillas, tapas de registro y bocas de riesgo aplanadas; ramas que no irrumpa el paso, entre otros. La experiencia de Guillermo demuestra que estas consideraciones no siempre están presenten en la ciudad de Guadalajara, donde él transita todos los días.
El 30 de mayo de 2011, se publicó en el Diario Oficial de la Federación la Ley General para la Inclusión de las Personas con Discapacidad, la cual tiene como objetivo proteger los derechos humanos de las personas con discapacidad y asegurar su plena inclusión en la sociedad. El artículo 12 de esta ley menciona que en todos los niveles del Sistema Educativo Nacional se deben procurar las condiciones de accesibilidad en instalaciones educativas, además de apoyos didácticos, materiales y técnicos adecuados y personal docente capacitado. Estas estipulaciones no se siguen del todo en la Universidad del Valle de Atemajac. Guillermo comenta que hacen falta guías táctiles que le permitan desplazarse con autonomía por las instalaciones y letreros parlantes que lo ayuden a ubicarse.
—¿Y cómo es el trato que te dan las autoridades escolares?
—El personal es muy amable y hay maestros muy accesibles que se saben poner en mis zapatos.
—¿Qué herramientas te gustaría que se incorporarán a las clases para que te fuera más fácil participar o hacer las tareas?
—Más que herramientas se necesita empatía y solidaridad. Que los compañeros y los profesores tengan deseo de integrarse.
El Manual de Accesibilidad Universal establece que en las instalaciones el desplazamiento en cambios de nivel tiene que ser mediante rampa o elemento mecánico, pavimento señalizado por guía o banda táctil, mobiliario ubicado fuera de la franja de circulación, señalizaciones auditivas o con relieve y en braille.
La entrada por la que accede Guillermo a la universidad está ubicada en avenida Tepeyac 4800. El cruce frente a la puerta carece de semáforo peatonal y señalamiento auditivo. Para atravesar él busca los dos postes que le sirven como orientación, agudiza el oído y espera a que los coches estén detenidos completamente, luego levanta su bastón blanco y hace una señal para que los conductores al notar su ceguera tomen precauciones —me ha pasado que de la nada pasa un coche, aunque esté todo en silencio—.
—¿Qué haces si un coche no respeta el paso de cebra?
—Pues nada, nomás lo esquivo. Es complicado lograr que la gente respete las líneas o las rampas. Cuando reclamas algunas personas contestan bien y otras te dicen “chingas a tu madre”. Es un tema de educación.
Aunque Guillermo se ha enfrentado a la falta de empatía de algunas personas, también existen quienes trabajan para que existan herramientas que sirvan para que la ceguera sea cada vez menos un motivo de marginación en los espacios públicos. En la misma universidad donde él estudia, un alumno de Ingeniería Mecatrónica llamado Ángel González, creó un dispositivo que facilita la movilidad de personas con discapacidad visual. El artefacto, bautizado como Ultrawear, es un broche que puede detectar obstáculos, además distingue los colores y la denominación de los billetes.
Otra de las aventuras de Guillermo ocurrió en el año 2015, cuando viajó él solo a Venezuela para conocer en persona a Isabel, una chica con quien llevaba algunos años hablando por internet. Un año después de su primera visita regresó al país sudamericano, esta vez para casarse con ella.
***
Además de compartir el salón de clases, al término de las clases, a veces, caminan juntos hasta el estacionamiento. César sabe que cuando eso pasa es porque Guillermo necesita que le den un “aventón” hasta su casa. No necesita explicarle nada a su papá, quien todos los días pasa por él en una camioneta blanca.
Los sueños que tiene por cumplir Guillermo son: “ser locutor de radio, trabajar en la producción de audio cuentos, escribir un libro de fantasía como El Señor de los Anillos o Canción de Hielo y Fuego”, mientras que César, desea tener un estudio de grabación que con el tiempo pueda convertirse en una disquera que promueva el respeto y abogue por los derechos humanos. Por ahora se esfuerzan en ser buenos estudiantes “la escuela es un gran lugar dónde estar”, dice con ternura.


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